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viernes, 9 de septiembre de 2011

RELATOS CORTOS. 2.

LA TAQUILLERA.

Como cada noche, al finalizar su jornada en la taquilla del Metro, Isabel recogió pausadamente sus pertenencias. El eco de sus pasos se perdió por los corredores, roto solo por el comadreo de los limpiadores. Un frío cortante golpeo su piel amarillenta al asomar a la plaza que a estas horas aparecía desierta.

Como cada noche, al finalizar su jornada, dio un pequeño rodeo para detenerse frente al escaparate de la tienda de artículos de caza y como siempre ocurría, algo en su interior se humedecía irremediablemente.

Luego, como cada noche al finalizar su jornada, Isabel se ponía melancólica mientras esperaba en la parada del bus. El lugar de destino, su barrio, era una antigua zona industrial de extrarradio venida a menos. Ella era la única inquilina de un ruinoso bloque de apartamentos anexo a una abandonada fábrica textil. Para ser más exactos, no era la única, pues compartía el reducido habitáculo con Hijomío. Hijomío, realmente no tenía nombre, pero ella le llamaba así, y solo ella le llamaba. El, era la causa de que Isabel hubiera elegido este sitio apartado para vivir. El y sus aullidos.

Como cada noche, los pasos cansados de Isabel, remontaron los cuarenta y siete escalones antes de detenerse frente a la puerta. Al otro lado, y como era costumbre, se oía el rasgueado de las uñas de Hijomío contra la madera, y su respiración entrecortada.

Como todas las noches, Isabel se desvistió sin prisas y se tumbo sobre la cama. Al momento, Hijomío, estaba situado para complacerla, como siempre, en silencio.

Pero esta noche era especial, aunque Hijomío no lo notara. Hoy se cumplían quince años de aquella extraña noche en que Hijomío fuera concebido.

Mientras se dejaba hacer, con lagrimas en los ojos, Isabel recordaba que hacia quince años que nadie la llamaba Caperucita.

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